miércoles, 21 de junio de 2017

El aliento para emprender el camino

"La cambiante Historia del Caminar es inseparable del cambiante gusto 
por los lugares por los cuales caminar"
Rebecca Solnit

Decidirse a hacer el Camino de Santiago no es un impulso espontáneo, ni del todo lógico o natural. En el ánimo de todo peregrino hay algo más que un acto espontáneo de la voluntad. Y aunque se trata de una motivación muy individual, tenemos qué considerar cuál es la nuestra y la multiplicidad de motivaciones que pueden tener las demás personas con las que nos encontraremos; preguntarnos qué nos anima a nosotros, pero también poner en perspectiva otras motivaciones nos puede poner a salvo de ciertas frustraciones.

Plantearnos estos cuestionamientos nos permitirá tomar decisiones sobre aquellas cosas que vamos a proyectar (como equipo y recursos) así como prepararnos con lo que nos encontraremos durante la marcha. Al respecto no deseo evaluar la disposición que cada uno adopta, transmitiré lo que me animó a mi, sin embargo, para ir generando los contrastes, también expondré  aquellas cosas que encontré, tanto cuando comencé a elaborar mi plan, como en el transcurso del camino. Pues, como se verá, a veces un libro, una película o la publicidad fueron el resorte para los que nos animamos a hacer el camino.


Para mi caminar, no como la necesidad de transitar de un lugar a otro sino como un fin en sí mismo, ya sea de modo terapéutico o por puro placer, es un impulso que me viene de familia, sobre el cual reflexionaba poco pero buscaba constantemente. De modo que cuando en el 2014, en una librería de Tlalpan, a la que llegué sólo porque adoro caminar por esas calles, encontré el texto de David Le Bretón "Caminar: un elogio" me sentí arrobada de inmediato. En particular el capitulo "Espiritualidades de la marcha" se concentra en una forma de caminar que me interesó: la doble dimensión de caminar como exiliado del mundo a la par de ser un acto sagrado. 

La sensación de caminar como un exiliado del mundo la había rozado, cuando en la juventud tuve desasosiegos espirituales que no me dejaban dormir y esperaba a que rayara el alba para salir a caminar. Mi ruta estaba trazada por los caminos urbanos que iban de la unidad el Rosario al centro de Azcapotzalco, con los que indudablemente uno podría encontrar un punto de partida y otro de llagada, y sentirse más o menos a salvo de los extravíos, sin embargo la errancia interior estaba abierta. Por eso al leer a Le Bretón me di cuenta de qué es lo que hacía entonces: Peregrinar, en el sentido espiritual y quizá más moderno que en la época medieval (cuando se cumplía una promesa para pedir un milagro), no se trata de seguir una ruta para llegar a algún lugar. Tampoco se trata de "alejarse del mundo". El antropólogo francés nos plantea el peregrinar como un estar en el mundo y al mismo tiempo al margen. El plus, lo que quizá yo me había perdido, es que con el caminar se va configurando la sacralidad del lugar al que se quiere llegar.

Le Bretón nos expone el peregrinar como un acercamiento a los dioses desde diferentes tradiciones. Es interesante el planteamiento de la necesidad humana registrada desde civilizaciones antiguas, pero lo que marcó mi atención fue la manera en que, contrastando, el autor colocó la marcha como búsqueda espiritual en las tradiciones orientales, frente a la peregrinación occidental, en particular la de Santiago de Compostela. En tal capítulo, el autor me puso "en el camino" de la búsqueda bibliográfica y después de leer el "Diario del Peregrino Ruso", supe que era una experiencia que no me iba a perder. 

Así pues, me propuse hacer el camino como peregrina, lo cual implicó para mi interiorizar el concepto y proyectarlo según mis recursos: tanto de fuerza física como de tiempo y dinero. Puede parecer poca cosa, nada como echarse a caminar una mañana, pero si consideramos cuestiones como el punto de partida, los recorridos a cubrir para llegar al inicio del camino, las jornadas que se seguirán continuamente, la cosa se va complicando. Ser peregrina no es lo  mismo que ser turista. Se parece a ser expedicionario, pero no podemos autoengañarnos y figurarnos que nos estamos adentrando en una "mundo natural". Por el contrario. El camino de Santiago está en el centro de la civilización, y aún los campos yermos, en donde la brisa peina como en suaves olas a la hierba que crece, ahí esta la civilización en todo su esplendor. Más vale cobrar conciencia de la historicidad que el Camino tiene, saber que se está hollando un sendero transitado por miles de hombres de estos y otros  tiempos, que la mayoría de esos terrenos tienen un propietario particular, o son protegidos por el Estado, por lo que no se puede acampar en cualquier lado... O como vi hacer a una jovencita, atravesar la zanja y destruir los brotes recién plantados. 


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