En la entrada anterior señalé que mi intención de hacer El Camino era peregrinar, ¿qué significa esto? Cabe detenerse en la comprensión del concepto. Cuando se utiliza la palabra peregrino como adjetivo, generalmente se aplica a algo que va de un lugar a otro, sin ninguna precisión, como cuando tenemos una "idea peregrina". O bien, sólo vivir, como cuando decimos: la vida es un peregrinaje, un estado de tránsito que terminará con la muerte. Sin embargo, el concepto, de suyo es complejo, y cuando lo abrazamos de manera personal cobra una significación muy particular. Así que introduzcámonos a él con el recurso de su significado canónico. Nos informa Le Breton: "El término peregrinus significa 'el extranjero', aquel que se encuentra lejos de casa, confrontado a un mundo carente de familiaridad" (2011:145). En buena medida, ese significado refiere a un salir de sí, lo cual tiene implicaciones epistemológicas de las cuales ya me ocuparé en otro lado, lo que a mi me movió intensamente a partir de la exposición del antropólogo francés fue el modo en que el acto particular de caminar (con los desasosiegos que lleva andar como "extranjero" por los caminos) configura la santidad de un lugar. La descripción de los sentimientos que una experiencia de ese tipo puede generar es muy atractiva. En sus palabras:
"La angustia de lo desconocido lo acompaña como su sombra, a pesar de que los albergues en que se le acoge marquen bien su camino. Durante ese largo trayecto, cada día es un milagro ordinario puesto que al caminar por la gloria de Dios espera Su infalible protección. Cada día se produce el mismo don de sí a Dios, y la marcha concluye bajo el halo de la luz divina". (Le Breton, 2011:146).
El caminar en aras de lo sagrado, tuvo presencia en las más influyentes civilizaciones de la historia de la humanidad: Grecia y el pueblo Hebreo (Le Breton, 2011:145). Jerusalén se constituyó como destino desde 586 a. C. El pueblo exiliado debía retornar a su lugar sagrado, al menos una vez, ya en la Pascua o en los Tabernáculos. En la tradición cristiana, la peregrinación, desde mi lectura, tiene múltiples facetas. En el México católico, por ejemplo, se trata de un acto colectivo: las peregrinaciones son multitudinarias o no son, porque si se hicieran de otra manera, no serían visibles, reconocibles a lo demás(1). En ellas, los caminos se recorren en colectivo y así se resuelven las dificultades (que son muchas) que se pueden enfrentar. Sí se trata de mostrar la devoción, pero no se admite a un individuo solitario y silencioso. La peregrinación mexicana requiere de algarabía y el mundo lo sabe, ya les contaré lo que me encontré en el camino cuando supieron mi nacionalidad. Regresando a mi punto, desde la perspectiva del cristianismo tradicional, particularmente medieval, se trata de una experiencia personal: el peregrino enfrenta los desafíos de la caminata por un objetivo, aunque el milagro por el cual se acuda a un lugar santo sea para otra persona, o su peregrinación como "acción de gracias" sea en nombre de alguien más, tanto el tránsito como la llegada al lugar, requieren de un esfuerzo particular. En ese sentido, la diferencia entre el peregrino cristiano y el hebreo es que mientras éste regresa con el deber de reconstituir el sentido de su relación con Dios, el primero sale de su casa (y todo lo que eso implica) a un lugar que se ha configurado en su fantasía. No va a un lugar desconocido (aunque nunca haya estado ahí), se dirige hacia un sitio que ya se ha figurado por completo en su mente y en su ánimo espiritual. Observemos a Helena de Bizancio, para ilustrar esta idea.
En el año 327, la madre del emperador Constantino hizo su peregrinaje a Jerusalén. Esta mujer de dudosa extracción pero de gran ardor cristiano (2), se había nutrido de la fuerza de la palabra que generó en su mente todo un mundo con una realidad irrefutable que impulsó su ánimo para encaminarse a una tierra que se consideraba Santa por la autoridad de un hombre-Dios que caminó por ahí. Se debe tener en cuenta que es con su hijo Constantino el Grande (y por la intervención de ella) que el cristianismo se volvió oficial, en un momento en que el mismo emperador tenía más fe en Mitra que en Jesús de Nazaret (3). Sus actos, por más crueles y descabellados que parezcan a la distancia, dan prueba de la fuerza de la oralidad (la palabra que se transmite oralmente y pega fuerte en el ánimo de los oyentes) que le dio la certeza de la existencia de lugares sagrados específicos, tales como el pesebre de Belén, el monte de los olivos, o de objetos como la cruz, los clavos, etc.
Ahora bien, no es que Helena inaugurara la imagen del peregrino, el que toma alforja y capa para andar por los caminos polvorientos. Seguramente, como un siglo después la griega Atenais (también emperatriz), viajó con toda la pompa de su jerarquía, lo que me interesa resaltar es que con su peregrinación forjó un mundo. Tenemos, pues, que con todo el poder de una emperatriz se fue a Jerusalén a buscar reliquias y ¿qué encontró? Un grupo de rabinos atónitos con sus demandas. El historiador del cristianismo Christoph Markschies dibuja claramente el carácter local de la existencia de Jesús, cuando dice que su radio de acción se puede recorrer fácilmente en una tarde. Se trata de un galileo sin formación, cuya fama recaía más en el relato de quienes lo conocieron, que entre las autoridades de la ciudad principal. En ese sentido, Jerusalén en un inicio es un centro de partida de donde se reparten los que han de llevar el mensaje del Mesías (4).
Sin embargo, la fuerza del relato cristiano tomó tal magnitud que Helena, una mujer que aparece en el mundo saliendo de la ignominia con una certeza que le sostiene y le lleva a alcanzar tremendas cimas, no iba a aceptar la imagen precaria de un Cristo que no deja huella de su existencia y su martirio. Así que su exigencia de hacer aparecer la cruz, con todo y sus violentos ánimos (5), son reflejo de esa idea enquistada y ardorosa que se forjó en ella. Al final, como resultado de su visita, se configuró una Jerusalén como destino, no únicamente por las reliquias y la cantidad de iglesias que Helena dejó a su paso, sino por la carga de significado que no ha dejado de atraer a los peregrinos, que llegan de diversas formas.
Enfáticamente, en la modernidad, el lugar sagrado no tiene de suyo la santidad, sino que la adquiere por el impulso de quien lo toma como meta. En los primeros siglos del cristianismo, y después de la desolación que causó Adriano en la zona al exiliar a los judíos, Jerusalén tenía una marisma de cultos, prostitución y comercios. Un ajetreo muy diferente de lo que se esperaría de un lugar santo (me estoy figurando, como contraste, un lugar de meditación, como los monasterios), y sin embargo Melania y Jerónimo, por ejemplo, caminaron hacia allá buscando la santidad y la encontraron.
1. Rebecca Solnit dedica un capítulo de su libro Wanderlust al peregrinaje cristiano, en particular a la peregrinación a Chimayó en Nuevo México, en el cual condensa una idea que se aplica a la peregrinación independientemente de su momento histórico: "Peregrinar unifica creencia con acción, pensar con hacer, y tiene sentido que esta armonía se logre cuando lo sagrado tiene presencia material y lugar" (2015:86). Cuando nos narra su experiencia en la peregrinación de Chimayó, podemos identificar muchos rasgos de las peregrinaciones mexicanas.
2. Se rumora que fue hija de un sirviente e incluso que habría ejercido la prostitución. Es probable que haya sido concubina del militar Constancio Cloro, más que su esposa, pues no hay evidencia de su divorcio, aunque fue repudiada por éste para casarse con la hija del emperador Maximiano. Siguió las doctrinas de un "carismático orador" Luciano de Antioquía, convirtiéndose a un cristianismo férreo, que afirmado como la fe verdadera le dio las armas para vengarse de la aristocracia que la había rechazado (Castellanos, 2008:102-103).
3. El historiador Peter Brown nos informa sobre el ambiente espiritual de esta época, en que si bien el cristianismo ciertamente no era una nueva religión, muchas religiones convivían con la convicción de unos dioses que actuaban en el mundo: "Así pues, religio podía ser tanto un graffito en una pared de Ostiacon el texto <<Hermes, buen amigo, seme propicio>>, como la orden de una sacerdotisa egipcia, en la que se le exhorta a acudir al templo del lugar <<para realizar los sacrificios habituales por nuestros señores los emperadores y sus victorias, por la crecida del Nilo, el incremento de las cosechas y el saludable equilibrio del clima>>" (1997:30).
4. Si bien el primer exilio de los judíos por Nabucodonosor marcó a Jerusalén como destino de peregrinaje, su importancia osciló según varias épocas, nos dice Markchies: "La significación real de este centro ideal de la Cristiandad regresó temporalmente sólo después de que Jerusalén fuera totalmente arrasada por tropas romanas en 70 y 132-135 d.C., debido a las dos sublevaciones judías, y les fuera prohibido a los judíos la entrada a la ciudad reconstruida como Aelia Capitolina. A pesar de ello, se sostuvo en muchos círculos que la venida de Cristo al final de los tiempos tendría lugar en Jerusalén, en el monte Sión." (2001:3).
5. Se dice que cuando Helena llamó a los rabinos de la ciudad para preguntarles sobre el lugar de la crucifixión y el paradero de la cruz, ellos no supieron qué decir. Ante lo cual ella ordenó quemarlos vivos (Castellanos, 2008:110).