martes, 27 de junio de 2017

El aliento para emprender el camino II

En la entrada anterior señalé que mi intención de hacer El Camino era peregrinar, ¿qué significa esto? Cabe detenerse en la comprensión del concepto. Cuando se utiliza la palabra peregrino como adjetivo, generalmente se aplica a algo que va de un lugar a otro, sin ninguna precisión, como cuando tenemos una "idea peregrina". O bien, sólo vivir,  como cuando decimos: la vida es un peregrinaje, un estado de tránsito que terminará con la muerte. Sin embargo, el concepto, de suyo es complejo, y cuando lo abrazamos de manera personal cobra una significación muy particular. Así que introduzcámonos a él con el recurso de su significado canónico. Nos informa Le Breton: "El término peregrinus significa 'el extranjero', aquel que se encuentra lejos de casa, confrontado a un mundo carente de familiaridad" (2011:145). En buena medida, ese significado refiere a un salir de sí, lo cual tiene implicaciones epistemológicas de las cuales ya me ocuparé en otro lado, lo que a mi me movió intensamente a partir de la exposición del antropólogo francés fue el modo en que el acto particular de caminar (con los desasosiegos que lleva andar como "extranjero" por los caminos) configura la santidad de un lugar. La descripción de los sentimientos que una experiencia de ese tipo puede generar es muy atractiva. En sus palabras:

"La angustia de lo desconocido lo acompaña como su sombra, a pesar de que los albergues en que se le acoge marquen bien su camino. Durante ese largo trayecto, cada día es un milagro ordinario puesto que al caminar por la gloria de Dios espera Su infalible protección. Cada día se produce el mismo don de sí a Dios, y la marcha concluye bajo el halo de la luz divina". (Le Breton, 2011:146).


El caminar en aras de lo sagrado, tuvo presencia en las más influyentes civilizaciones de la historia de la humanidad: Grecia y el pueblo Hebreo (Le Breton, 2011:145). Jerusalén se constituyó como destino desde 586 a. C. El pueblo exiliado debía retornar a su lugar sagrado, al menos una vez, ya en la Pascua o en los Tabernáculos. En la tradición cristiana, la peregrinación, desde mi lectura, tiene múltiples facetas. En el México católico, por ejemplo, se trata de un acto colectivo: las peregrinaciones son multitudinarias o no son, porque si se hicieran de otra manera, no serían visibles, reconocibles a lo demás(1). En ellas, los caminos se recorren en colectivo y así se resuelven las dificultades (que son muchas) que se pueden enfrentar. Sí se trata de mostrar la devoción, pero no se admite a un individuo solitario y silencioso. La peregrinación mexicana requiere de algarabía y el mundo lo sabe, ya les contaré lo que me encontré en el camino cuando supieron mi nacionalidad. Regresando a mi punto, desde la perspectiva del cristianismo tradicional, particularmente medieval, se trata de una experiencia personal: el peregrino enfrenta los desafíos de la caminata por un objetivo, aunque el milagro por el cual se acuda a un lugar santo sea para otra persona, o su peregrinación como "acción de gracias" sea en nombre de alguien más, tanto el tránsito como la llegada al lugar, requieren de un esfuerzo particular. En ese sentido, la diferencia entre el peregrino cristiano y el hebreo es que mientras éste regresa con el deber de reconstituir el sentido de su relación con Dios, el primero sale de su casa (y todo lo que eso implica) a un lugar que se ha configurado en su fantasía. No va a un lugar desconocido (aunque nunca haya estado ahí), se dirige hacia un sitio que ya se ha figurado por completo en su mente y en su ánimo espiritual. Observemos a Helena de Bizancio, para ilustrar esta idea.

En el año 327, la madre del emperador Constantino hizo su peregrinaje a Jerusalén. Esta mujer de dudosa extracción pero de gran ardor cristiano (2), se había nutrido de la fuerza de la palabra que generó en su mente todo un mundo con una realidad irrefutable que impulsó su ánimo para encaminarse a una tierra que se consideraba Santa por la autoridad de un hombre-Dios que caminó por ahí. Se debe tener en cuenta que es con su hijo Constantino el Grande (y por la intervención de ella) que el cristianismo se volvió oficial, en un momento en que el mismo emperador tenía más fe en Mitra que en Jesús de Nazaret (3). Sus actos, por más  crueles y descabellados que parezcan a la distancia, dan prueba de la fuerza de la oralidad (la palabra que se transmite oralmente y pega fuerte en el ánimo de los oyentes) que le dio la certeza de la existencia de lugares sagrados específicos, tales como el pesebre de Belén, el monte de los olivos, o de objetos como la cruz, los clavos, etc.

Ahora bien, no es que Helena inaugurara la imagen del peregrino, el que toma alforja y capa para andar por los caminos polvorientos. Seguramente, como un siglo después la griega Atenais (también emperatriz), viajó con toda la pompa de su jerarquía, lo que me interesa resaltar es que con su peregrinación forjó un mundo. Tenemos, pues, que con todo el poder de una emperatriz se fue a Jerusalén a buscar reliquias y ¿qué encontró? Un grupo de rabinos atónitos con sus demandas. El historiador del cristianismo Christoph Markschies dibuja claramente el carácter local de la existencia de Jesús, cuando dice que su radio de acción se puede recorrer fácilmente en una tarde. Se trata de un galileo sin formación, cuya fama recaía más en el relato de quienes lo conocieron, que entre las autoridades de la ciudad principal. En ese sentido, Jerusalén en un inicio es un centro de partida de donde se reparten los que han de llevar el mensaje del Mesías (4).

Sin embargo, la fuerza del relato cristiano tomó tal magnitud que Helena, una mujer que aparece en el mundo saliendo de la ignominia con una certeza que le sostiene y le lleva a alcanzar tremendas cimas, no iba a aceptar la imagen precaria de un Cristo que no deja huella de su existencia y su martirio. Así que su exigencia de hacer aparecer la cruz, con todo y sus violentos ánimos (5), son reflejo de esa idea enquistada y ardorosa que se forjó en ella. Al final, como resultado de su visita, se configuró una Jerusalén como destino, no únicamente por las reliquias y la cantidad de iglesias que Helena dejó a su paso, sino por la carga de significado que no ha dejado de atraer a los peregrinos, que llegan de diversas formas.

Enfáticamente, en la modernidad, el lugar sagrado no tiene de suyo la santidad, sino que la adquiere por el impulso de quien lo toma como meta. En los primeros siglos del cristianismo, y después de la desolación que causó Adriano en la zona al exiliar a los judíos, Jerusalén tenía una marisma de cultos, prostitución y comercios. Un ajetreo muy diferente de lo que se esperaría de un lugar santo (me estoy figurando, como contraste, un lugar de meditación, como los monasterios), y sin embargo Melania y Jerónimo, por ejemplo, caminaron hacia allá buscando la santidad y la encontraron.


1. Rebecca Solnit dedica un capítulo de su libro Wanderlust al peregrinaje cristiano, en particular a la peregrinación a Chimayó en Nuevo México, en el cual condensa una idea que se aplica a la peregrinación independientemente de su momento histórico: "Peregrinar unifica creencia con acción, pensar con hacer, y tiene sentido que esta armonía se logre cuando lo sagrado tiene presencia material y lugar" (2015:86). Cuando nos narra su experiencia en la peregrinación de Chimayó, podemos identificar muchos rasgos de las peregrinaciones mexicanas.

2. Se rumora que fue hija de un sirviente e incluso que habría ejercido la prostitución. Es probable que haya sido concubina del militar Constancio Cloro, más que su esposa, pues no hay evidencia de su divorcio, aunque fue repudiada por éste para casarse con la hija del emperador Maximiano. Siguió las doctrinas de un "carismático orador" Luciano de Antioquía, convirtiéndose a un cristianismo férreo, que afirmado como la fe verdadera le dio las armas para vengarse de la aristocracia que la había rechazado (Castellanos, 2008:102-103).

3. El historiador Peter Brown nos informa sobre el ambiente espiritual de esta época, en que si bien el cristianismo ciertamente no era una nueva religión, muchas religiones convivían con la convicción de unos dioses que actuaban en el mundo: "Así pues, religio podía ser tanto un graffito en una pared de Ostiacon el texto <<Hermes, buen amigo, seme propicio>>, como la orden de una sacerdotisa egipcia, en la que se le exhorta a acudir al templo del lugar <<para realizar los sacrificios habituales por nuestros señores los emperadores y sus victorias, por la crecida del Nilo, el incremento de las cosechas y el saludable equilibrio del clima>>" (1997:30).

4. Si bien el primer exilio de los judíos por Nabucodonosor marcó a Jerusalén como destino de peregrinaje, su importancia osciló según varias épocas, nos dice Markchies: "La significación real de este centro ideal de la Cristiandad regresó temporalmente sólo después de que Jerusalén fuera totalmente arrasada por tropas romanas en 70 y 132-135 d.C., debido a las dos sublevaciones judías, y les fuera prohibido a los judíos la entrada a la ciudad reconstruida como Aelia Capitolina. A pesar de ello, se sostuvo en muchos círculos que la venida de Cristo al final de los tiempos tendría lugar en Jerusalén, en el monte Sión." (2001:3).

5. Se dice que cuando Helena llamó a los rabinos de la ciudad para preguntarles sobre el lugar de la crucifixión y el paradero de la cruz, ellos no supieron qué decir. Ante lo cual ella ordenó quemarlos vivos (Castellanos, 2008:110).

miércoles, 21 de junio de 2017

El aliento para emprender el camino

"La cambiante Historia del Caminar es inseparable del cambiante gusto 
por los lugares por los cuales caminar"
Rebecca Solnit

Decidirse a hacer el Camino de Santiago no es un impulso espontáneo, ni del todo lógico o natural. En el ánimo de todo peregrino hay algo más que un acto espontáneo de la voluntad. Y aunque se trata de una motivación muy individual, tenemos qué considerar cuál es la nuestra y la multiplicidad de motivaciones que pueden tener las demás personas con las que nos encontraremos; preguntarnos qué nos anima a nosotros, pero también poner en perspectiva otras motivaciones nos puede poner a salvo de ciertas frustraciones.

Plantearnos estos cuestionamientos nos permitirá tomar decisiones sobre aquellas cosas que vamos a proyectar (como equipo y recursos) así como prepararnos con lo que nos encontraremos durante la marcha. Al respecto no deseo evaluar la disposición que cada uno adopta, transmitiré lo que me animó a mi, sin embargo, para ir generando los contrastes, también expondré  aquellas cosas que encontré, tanto cuando comencé a elaborar mi plan, como en el transcurso del camino. Pues, como se verá, a veces un libro, una película o la publicidad fueron el resorte para los que nos animamos a hacer el camino.


Para mi caminar, no como la necesidad de transitar de un lugar a otro sino como un fin en sí mismo, ya sea de modo terapéutico o por puro placer, es un impulso que me viene de familia, sobre el cual reflexionaba poco pero buscaba constantemente. De modo que cuando en el 2014, en una librería de Tlalpan, a la que llegué sólo porque adoro caminar por esas calles, encontré el texto de David Le Bretón "Caminar: un elogio" me sentí arrobada de inmediato. En particular el capitulo "Espiritualidades de la marcha" se concentra en una forma de caminar que me interesó: la doble dimensión de caminar como exiliado del mundo a la par de ser un acto sagrado. 

La sensación de caminar como un exiliado del mundo la había rozado, cuando en la juventud tuve desasosiegos espirituales que no me dejaban dormir y esperaba a que rayara el alba para salir a caminar. Mi ruta estaba trazada por los caminos urbanos que iban de la unidad el Rosario al centro de Azcapotzalco, con los que indudablemente uno podría encontrar un punto de partida y otro de llagada, y sentirse más o menos a salvo de los extravíos, sin embargo la errancia interior estaba abierta. Por eso al leer a Le Bretón me di cuenta de qué es lo que hacía entonces: Peregrinar, en el sentido espiritual y quizá más moderno que en la época medieval (cuando se cumplía una promesa para pedir un milagro), no se trata de seguir una ruta para llegar a algún lugar. Tampoco se trata de "alejarse del mundo". El antropólogo francés nos plantea el peregrinar como un estar en el mundo y al mismo tiempo al margen. El plus, lo que quizá yo me había perdido, es que con el caminar se va configurando la sacralidad del lugar al que se quiere llegar.

Le Bretón nos expone el peregrinar como un acercamiento a los dioses desde diferentes tradiciones. Es interesante el planteamiento de la necesidad humana registrada desde civilizaciones antiguas, pero lo que marcó mi atención fue la manera en que, contrastando, el autor colocó la marcha como búsqueda espiritual en las tradiciones orientales, frente a la peregrinación occidental, en particular la de Santiago de Compostela. En tal capítulo, el autor me puso "en el camino" de la búsqueda bibliográfica y después de leer el "Diario del Peregrino Ruso", supe que era una experiencia que no me iba a perder. 

Así pues, me propuse hacer el camino como peregrina, lo cual implicó para mi interiorizar el concepto y proyectarlo según mis recursos: tanto de fuerza física como de tiempo y dinero. Puede parecer poca cosa, nada como echarse a caminar una mañana, pero si consideramos cuestiones como el punto de partida, los recorridos a cubrir para llegar al inicio del camino, las jornadas que se seguirán continuamente, la cosa se va complicando. Ser peregrina no es lo  mismo que ser turista. Se parece a ser expedicionario, pero no podemos autoengañarnos y figurarnos que nos estamos adentrando en una "mundo natural". Por el contrario. El camino de Santiago está en el centro de la civilización, y aún los campos yermos, en donde la brisa peina como en suaves olas a la hierba que crece, ahí esta la civilización en todo su esplendor. Más vale cobrar conciencia de la historicidad que el Camino tiene, saber que se está hollando un sendero transitado por miles de hombres de estos y otros  tiempos, que la mayoría de esos terrenos tienen un propietario particular, o son protegidos por el Estado, por lo que no se puede acampar en cualquier lado... O como vi hacer a una jovencita, atravesar la zanja y destruir los brotes recién plantados.